Emociones y aprendizaje: un binomio indiscutible

La importancia de las emociones en el aprendizaje

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El mundo de las emociones tiene gran importancia en el desarrollo del niño. Las emociones tienen una función adaptativa primordial para el bebé y su proceso madurativo, ya que permiten la relación con el medio y el desarrollo de la autoestima. La gestión de las emociones en la infancia también contribuye a la prevención de la obesidad y el sobrepeso infantiles, al igual que los buenos hábitos de alimentación, la actividad física y las horas adecuadas de descanso.

¿De qué manera influyen las emociones? Desde el primer momento de vida, las emociones van a estar relacionadas con la alimentación y el aprendizaje para la adquisición de unos hábitos saludables. El miedo, el enfado, la curiosidad o la alegría son emociones básicas que están implicadas desde el nacimiento y que influyen fuertemente en el aprendizaje.

En la ficha “Los aspectos emocionales de la alimentación” ya se explicaba que el acto de comer no solamente es para satisfacer el hambre sino que está muy relacionado con sentimientos y emociones. Por ejemplo, el uso de los alimentos como forma de compensar enfado, tristeza o frustración puede llevar a la sobrealimentación, o que también tiene un origen emocional el uso restrictivo de los alimentos en la preadolescencia y adolescencia como deseo de “sentirse bien” canalizado a través del control de lo que se ingiere.

Los padres necesitan aprender a escuchar la conducta de sus hijos desde que son bebés y después a lo largo de todo su proceso madurativo para entender sus emociones y lograr una crianza emocionalmente saludable. Esta ficha pretende ayudar a los padres a gestionar las emociones de sus hijos para favorecer un desarrollo óptimo de su salud y bienestar en sentido físico, psíquico, emocional y social.

¿Qué son las emociones?

Las emociones son respuestas ante determinados estímulos del medio y son necesarias en el desarrollo de las capacidades adaptativas implicadas en la maduración afectiva, cognitiva y auto-referencial.

En todas y cada una, hay una reacción (comportamiento) del niño ante determinadas situaciones de su vida, y en su relación con el medio y con los demás.

Si bien las emociones a menudo se agrupan en “positivas” y “negativas”, de acuerdo con la forma en que afectan nuestra conducta y especialmente a su adaptación a lo aceptado socialmente, siguiendo a Robert Plutchik1, diremos que todas las emociones son necesarias para una óptima salud emocional al fomentar distintos tipos de conductas adaptativas.

Asimismo, con el descubrimiento de las “neuronas espejo” (Rizzolatti, 1992) y los trabajos de investigación que se están desarrollando, parece que el sistema de espejo neuronal permite hacer propias las emociones de los demás. Ello es un avance para la comprensión y actuación de los comportamientos infantiles ya que implica que en toda relación padres hijos opera un sistema de mimetización emocional que debe ser tenido en cuenta.

Abordamos aquí el enfoque de las emociones infantiles desde dos perspectivas: la educación emocional tal como plantea el Modelo de competencias emocionales desarrollado por Rafael Bisquerra y el GROP (Grup de Recerca en Orientació Psicopedagógica)2, y desde el concepto de la salud emocional que desarrolla el Modelo de intervención emocional creado por la psicóloga Yolanda Salvatierra para el trabajo con familias de KASH-LUMN Family Care3. Este último modelo trabaja con las 6 emociones primarias como núcleo del desarrollo emocional. Estas son las principales características de algunas de las emociones primarias:

La emoción del miedo

Es la primera de las emociones que se activan en el bebé. Se desencadena ante lo desconocido y que el cerebro humano interpreta como potencialmente dañino o peligroso. El malestar infantil al sentir hambre propicia la búsqueda de alimento y protección, y es la primera capacidad adaptativa que todo bebé desarrolla gracias al instinto de supervivencia.

El miedo nos hace ser prudentes pero a su vez nos obliga a ser curiosos. Curiosidad y prudencia son las capacidades adaptativas básicas implicadas en la emoción del miedo.

Las emociones del enfado y de la ira

Ambas emociones, la ira y el enfado, comparten el sentimiento de frustración pero tienen un origen distinto. El enfado proviene cuando el estímulo desencadenante nos hace sentir impotentes; queremos y creemos que podemos conseguir algo, pero no lo logramos, y aparece la frustración. En cambio, la rabia y la ira cuando lo que sentimos es una injusticia, es decir, la naturaleza de la emoción de la ira es un profundo sentimiento de injusticia.

La impotencia se resuelve con esfuerzo y perseverancia, con la capacidad de superación. Un niño que se enfada aprenderá a esforzarse, a conocer y aceptar sus propias capacidades y después podrá reconocer el sentimiento de satisfacción fruto de su esfuerzo y a construir una autoestima sana y segura. La injusticia en cambio se resuelve siendo tolerante y aprendiendo a esperar. La emoción de la alegría.

La alegría y la sorpresa son las emociones que nos gusta ver siempre en los niños. Es importante enseñar a los niños a reconocer esta emoción y darle el valor que tiene. Es esencial que transmitamos el valor de la alegría a los niños a través de todo aquello que les produce placer a través de sus sentidos, y también con todo lo que les causa satisfacción cuando obtienen un logro.

No obstante, no es preciso estar “siempre alegres”, pues si nos acomodamos en un estado o “zona de confort” se puede perder la capacidad de desarrollar recursos y capacidades ante los avatares de la vida y madurar adecuadamente.

La emoción de la tristeza

A diferencia de la alegría, la emoción de la tristeza es una de las emociones que menos gusta sentir en los niños, pero conviene rescatar la parte positiva y darle el valor que tiene.

La naturaleza de la tristeza es el sentimiento de vacío que conlleva la pérdida de un ser querido o de un objeto con el que se haya establecido un fuerte apego. También los cambios y la propia evolución de la vida desencadenan esta emoción.

La tristeza nos conecta con el sentimiento de amor y con la sensación de gratitud. Sentimos tristeza si antes hemos podido reconocer que queremos y necesitamos aquello que vamos a poder perder. En los niños la tristeza no aparece hasta que puede reconocer que su mamá es un ser diferenciado de él mismo, que puede desaparecer y tener su propia vida. El inicio de la escuela y las temidas ansiedades de separación son un buen ejemplo de ello. Esta sensación de desprotección y abandono permite saber que necesitamos a los demás, y de ahí el desarrollo de sentimientos tales como la gratitud y el afecto. 

La emoción de la sorpresa
La sorpresa es la gran emoción del aprendizaje porque se basa en la capacidad de asombro que todo niño tiene ante un suceso inesperado. La sorpresa nos puede conectar con la alegría, pero también con el miedo o con cualquier otra de las emociones. La sorpresa también se puede emplear como “rescate”, por ejemplo para los estados de tristeza. Por ello, es importarte educar en el asombro y también aprender a gestionar de manera correcta la emoción de la sorpresa.

Desde una edad muy temprana, un bebé es capaz de asombrarse y reaccionar ante lo inesperado. A través de la sorpresa se activa la capacidad de ser curioso y aprender. Pero la sorpresa debe tener sus límites para que no conlleve un perjuicio de saturación o adicción. Por ejemplo, si acostumbramos a un bebé a las sorpresas, éstas para que surjan efecto cada vez deberán ser más intensas. Un bebé hiperestimulado tenderá a ser más inquieto, insistente e intolerante.

Las emociones y los hábitos de alimentación

El mundo emocional estará presente en la alimentación a lo largo de todo el desarrollo infantil. Estas son algunas situaciones, desde los primeros años de vida, en las que las emociones juegan un papel importante. La creación del vínculo seguro La lactancia es un periodo en el que se crea una relación emocional intensa entre el bebé y la madre, que va más allá del simple hecho nutricional. Al mamar, el bebé no sólo se alimenta sino que también se calma y relaja. A través de la lactancia se construye el vínculo afectivo madre-bebé, que transmite al bebé seguridad y protección.

De esta manera, la lactancia afianza el apego seguro, esto es, el vínculo emocional que desarrolla el niño con sus padres o cuidadores y que le proporciona la seguridad indispensable para un buen desarrollo de la personalidad. El apego seguro es uno de los factores que se ha relacionado con la prevención de la obesidad infantil.

La neofobia alimentaria y la emoción del miedo La introducción de la alimentación complementaria, es decir, cuando el bebé comienza a tomar alimentos sólidos hacia los 6 meses, representa un reto para muchas madres ya que a menudo el bebé reacciona con desagrado ante los nuevos sabores, lo que se denomina la “neofobia alimentaria”.

Esta reacción es innata y no significa que los nuevos sabores “no le gusten”, sino que su introducción viene acompañada de una reacción que tiene que ver con la emoción del miedo a lo desconocido. Esta “neofobia” nos protege de ingerir alimentos dañinos, y no es más que el miedo a los nuevos sabores y texturas.

La introducción de la alimentación complementaria moviliza pues la emoción del miedo, como emoción primaria más potente para la supervivencia, que pone en marcha desde el momento del nacimiento a través de la alimentación, y a su vez también se desencadena la curiosidad, como capacidad adaptativa que surge de la emoción del miedo.

Para ayudar a vencer la neofobia alimentaria se necesita un aprendizaje del gusto, que a veces requiere varias pruebas hasta que un nuevo alimento es aceptado por el bebé. Para esto es necesario ser prudente (ir poco a poco) a la vez que estimular la curiosidad por lo nuevo para lograr que el bebé vaya incorporando una amplia variedad de alimentos.

Además, si el bebé ve a sus progenitores comer un alimento se va a interesar por este y, tarde o temprano, lo probará por la misma curiosidad de seguir lo que hacen sus referentes más importantes.

El Baby-led weaning y la curiosidad

La tendencia actual llamada BLW (Baby-led weaning) consiste en una alimentación complementaria guiada por el propio bebé, que permite que el lactante manipule los alimentos con sus manos y se los lleve a la boca. Así, el BLW favorece una de las capacidades emocionales más importantes de la infancia: la curiosidad, que expresa la capacidad adaptativa.

Gracias a esta curiosidad innata se estimula el aprendizaje de los nuevos sabores que el bebé irá descubriendo progresivamente a través de la manipulación.

Para la madre o los cuidadores, el BLW favorece el desarrollo de la perseverancia a través de mostrar repetidamente un nuevo alimento, lo cual ofrece también al niño un modelo de comportamiento para
superar sus dificultades. Además de favorecer la curiosidad, la práctica del BLW da importancia a las texturas y facilita la masticación, lo cual reduce el abuso de alimentos triturados que interfieren en el
autoesfuerzo que supone cualquier aprendizaje.

El aprendizaje alimentario y la curiosidad

Cuando el niño se hace mayor y come en la mesa con los mayores aprende las pautas socioculturales de alimentación de su familia y su entorno más inmediato.
Observa los comportamientos alimentarios de sus progenitores, de sus abuelos o de sus hermanos mayores, aprende por imitación y reacciona con agrado y desagrado en función de aspectos emocionales.

Si uno de los padres rechaza un alimento posiblemente le predispondrá a rechazarlo ya que conectará con la emoción del miedo.
Si los progenitores valoran el sabor de un plato y transmiten mensajes positivos sobre su sabor, su olor o su textura, estimularán en el niño la curiosidad y el deseo de probarlo. Al compartir la experiencia gastronómica y sensorial de una nueva receta están favoreciendo el aprendizaje sensorial del gusto y el descubrimiento de lo nuevo.

El aprendizaje de nuevos alimentos también se va a dar en el comedor escolar. Muchos padres eligen que sus hijos se queden a comer en el comedor escolar y allí la dinámica de la comida a menudo es totalmente diferente respecto a casa. La presencia de otros niños puede estimular a probar aquellos platos que los demás niños comen, es decir, el contexto de grupo favorece vencer el miedo hacia lo desconocido, y gracias a la curiosidad y la imitación social se favorece esta incorporación de nuevos alimentos, aunque en su casa los rechacen o les cueste tomarlos.

Evidentemente, los monitores del comedor pueden tener más o menos destreza para favorecer que los niños coman de todo, pero saben que este factor de imitación ayuda a que los niños coman variado y equilibrado gracias a la curiosidad. 

La alimentación saludable y la emoción de la alegría

El disfrute sensorial y el ambiente durante la comida influyen en los hábitos de alimentación y tienen que ver con la emoción de la alegría. Si el padre o la madre comen un plato de verdura con desagrado, o toman una fruta por obligación y sin placer, proyectan a sus hijos que estos alimentos no son placenteros.

Si los padres disfrutan de la comida y transmiten a sus hijos esta experiencia lúdica y placentera, conseguirán mejores resultados en el aprendizaje del gusto.
Por esto es importante que los padres sean modelo de buenos hábitos alimentarios y que estos modelos estén acompañados de emociones como la alegría.

Las comidas en familia son también una excelente ocasión para compartir la experiencia gastronómica a través de comentarios sobre los sabores, olores, texturas, los platos o las sensaciones. Esta experiencia compartida ayuda al niño a interiorizar su propio descubrimiento y su aprendizaje sensorial, a través de la emoción de la alegría y del desarrollo de la propia curiosidad.

Dos asociaciones a evitar

A través del lenguaje los adultos transmitimos mensajes que modulan las emociones. Así, los padres pueden vincular de manera inconsciente las emociones a determinadas situaciones relacionadas con
alimentos. Por ello, cuando hable con su hijo durante la comida es importante transmitir mensajes claros y evitar acciones concretas que puedan distorsionar su aprendizaje.

Para que un niño adquiera hábitos de alimentación saludables conviene hablarle desde el gusto por los nuevos sabores y texturas y transmitirle el placer que ello conlleva, evitando utilizar las siguientes situaciones:

  • Tratar los alimentos como premio o como castigo.

Nos referimos a utilizar determinados alimentos como por ejemplo golosinas o helados para consolar al niño o para compensar una rabieta, un momento de tristeza, una decepción… o por el contrario utilizarlo como premio por unas buenas notas, por portarse bien o ayudar en casa a realizar una tarea. A veces se utilizan también como recompensas por acabarse el plato que no le gusta, como por ejemplo la verdura o pescado.

Estas formas de “compensar” a los niños con alimentos, aunque pueden funcionar a corto plazo, les acaban condicionando a obtener un premio dulce o goloso a cambio de algo y estimula la asociación entre el malestar (tristeza, enfado…) o la recompensa con el alimento en cuestión y puede favorecer la sobrealimentación.

Transmitir mensajes inconscientes de alimentos “buenos” y alimentos “malos”.

Algunas veces, los mensajes que se asocian a determinados productos o alimentos tienen una carga emocional que los convierte peyorativamente en buenos o malos. Una madre o un padre que hace comentarios negativos sobre un plato de ensalada o de verdura, frases como “otra vez toca verdura…”, o gestos de fastidio o desagrado ante este plato, inducen a pensar que comerlo es casi un castigo.

Por otro lado, los mensajes de prohibición de determinados dulces o golosinas pueden favorecer la curiosidad de tomar estos productos, muchas veces a escondidas de los padres. “Lo malo prohibido” es muy atractivo para los niños y puede despertar el deseo de comerlo incluso en exceso en cuanto se dé la ocasión.

Es mejor argumentar los alimentos para que el niño los integre como un beneficio, es decir, transmitirle al niño los beneficios que tiene con uno u otro alimento.
Por ejemplo, puede argumentarse “Si comes mucha verdura estarás más fuerte”, o “si desayunas bien podrás estar más atento y aprender más”.

Por el contrario, en el caso de alimentos menos saludables, se pueden asociar a los beneficios negativos, como por ejemplo “si comes muchas chuches te puede salir caries y tener dolor en tus dientes”. De este modo se construye un imaginario de los alimentos saludables asociados a aspectos deseables (fuerza, concentración…) y los menos saludables a consecuencias negativas.

Objetivos de comportamiento saludable
Durante la infancia, promover una salud y educación emocional es esencial para el aprendizaje en los niños y para su maduración tanto a nivel individual como social. Por ello, como padres es importante crear desde el nacimiento un vínculo afectivo que permita desarrollar la “escucha activa” e identificar el temperamento que todo bebé trae al nacer. Para una crianza emocionalmente saludable es esencial conocer las necesidades y deseos del bebé así como reconocer su modo genuino de comunicar sus sensaciones, inicialmente bienestar y malestar y reconocer si se trata de miedo, enfado, ira, alegría, tristeza o sorpresa.

Aquí proponemos un decálogo para la adecuada gestión de las emociones por parte de los padres:
1. Identificar el temperamento de su bebé es primordial para establecer un vínculo de apego seguro.
2. Vigilar las propias emociones para que las neuronas espejo no le hagan malas pasadas.
3. Todo lo desconocido activa la emoción del miedo, fomenta la prudencia y la curiosidad y así aparece la valentía con la que afrontar los miedos.
4. Los monstruos forman parte del desarrollo infantil. Escuche a su pequeño cuando hable de ellos y así podrá darle recursos para vencerlos.
5. La frustración en la infancia es habitual y gracias a ella la emoción del enfado y de la ira pueden desarrollar su función. Anime a su hijo para transformar ese enfado de impotencia en satisfacción
por el esfuerzo realizado; ayúdele a ser tolerante para convertir esa rabia de injusticia por energía reparadora con la que cambiar el mundo.
6. Para gestionar una rabieta o cualquier comportamiento inadmisible sigue los 3 pasos: calmar, dar significado a la emoción, ofrecer alternativas viables.
7. La alegría no puede ser excusa para acomodarse, hay que enseñar a los peques a salir de la “zona de confort”.
8. Decir “adiós” y desprenderse de lo que queda atrás, es la mayor garantía para recibir y decir “hola” a todas las sorpresas que están por llegar. La tristeza puede ser muy productiva si dejamos
que haga su proceso: conectar con lo que necesitamos, agradecer todo lo bueno que perdemos y recordar. Entonces podremos soñar con nuevos horizontes.
9. Las sorpresas están ahí para ejercitar la capacidad innata del asombro, pero si hacemos de ellas el objetivo a seguir hay el peligro de caer en adicciones.
10. La clave de la felicidad está en el lugar que habita la calma y para ello hay que poner en marcha todas las capacidades adaptativas implicadas en las emociones.


En lugar de interpretar las competencias precoces de un niño y de una niña como prueba de ser mejores padres, es mucho más adecuado considerar las actitudes infantiles como expresiones de su curiosidad y placer por conocer su entorno.

El ímpetu infantil hacia nuevos descubrimientos y el desarrollo de sus competencias suele originar las primeras emociones relacionadas con la frustración como son el enfado y la ira. En esos casos los progenitores han de evitar la sobreprotección y aprovechar la situación para confiar en el instinto de superación de su hijo y ayudarle a desarrollar las capacidades adaptativas como la perseverancia, el esfuerzo personal y la tolerancia a la frustración.

Recursos prácticos para las familias

Es importante recordar que las emociones infantiles son el tesoro que todo niño trae al nacer y que es necesario conocer, transmitir y ofrecer modelos seguros de actuación. Una actitud que fomente una correcta gestión de las emociones primarias es básica ejercer el oficio de padres de manera plena y satisfactoria.

Para que sirva de recordatorio, aquí tiene la palabra mágica de las emociones “RIAGOM”:
• Reconocerlas.
• Identificar la verdadera naturaleza de los estímulos que las activan.
• Asociar un determinado comportamiento con la expresión del sentimiento de bienestar o de malestar que toda emoción provoca.
• Gestionar la intensidad de dicha emoción tanto en su expresión como en su resolución.
• Observar la función real que desempeña cada una al desarrollar capacidades adaptativas que fomentan el aprendizaje y el crecimiento.
• Madurar emocionalmente al utilizar los recursos adecuados y aplicar las cualidades de las emociones de la esperanza y de la aceptación.

Gestionar las rabietas durante la comida
Es normal que los niños tengan rabietas, pero cuando éstas aparecen en la mesa son un problema que interfiere en el normal desarrollo de la comida y en toda la dinámica familiar en torno a ésta.
A veces estas rabietas se tratan de solucionar distrayendo al niño para que coma, pero en realidad si se distrae al niño se está desaprovechando una magnífica oportunidad de educar el gusto, el olfato, la textura… Es decir, la distracción no le permite construir un vínculo positivo entre el acto de comer y
la función de alimentarse en el sentido del aprendizaje de sabores y sensaciones, dando valor a lo que come. En lugar de distraer al niño, es mejor atenderle cuando tiene una rabieta, entender qué la ha motivado y ayudarle a superarla.

Cómo aprender a gestionar las rabietas
La ira y el enfado suelen ser las emociones más frecuentes que hay tras una rabieta, pero no las únicas ya que también pueden provocarlas un miedo terrorífico o una alegría desbordante. No obstante, en toda rabieta hay sentimientos intensos de frustración que deben atenderse. ¿Cómo? La clave está en retornar al estado de calma y para ello nada mejor que hacerlo desde la calma ofreciendo un modelo de firmeza y seguridad. Un niño que no puede calmarse es un niño que no ha aprendido recursos de auto-regulación.

Es importante atender a los hijos cuando tengan una rabieta, con ella nos están diciendo que su frustración es inaguantable. Es importante entender qué ha provocado ese gran malestar. Descubrir si lo qué está sintiendo es impotencia o es injusticia es básico para una intervención de éxito.